ENRIQUE PADIAL LLAMA A LA PUERTA

 

- Tan, tan! (Llaman a la puerta)

- ¿Quién es?

- Soy yo, Padial.

- ¿Y por qué no hace usted ring, ring, y no tan, tan?

- Porque yo soy así, ¿sabe? Yo soy muy antiguo y me gusta hacer tan-tan y algunas veces tocar el tambor.

- Pero esta puerta es mía, y ahí hay un timbre que es lo que se toca.

- Perdone don José, pero yo creía que no le molestaría que tocara la puerta con los nudillos.

- ¿Y si me la estropea? Sepa usted que está blindada y me ha costado un dineral...

- Claro, por eso me he hecho polvo los dedos.

- Bueno, pero usted ¿quién es?

- Ya le he dicho que soy Padial.

- Y eso qué es?

- Soy un pintor.

- No le abro.

- Soy un artista. - Que no le abro.

- Pero usted es poeta.

- Eso digo yo todos los días, pero nadie se lo cree, tampoco en mi casa. Dicen que estoy loco.

- Eso, eso, don José, yo también estoy loco.

-¿Y quiere usted que le abra?

- Además soy amigo de Camilo José Cela.

- ¡Lo que faltaba! ¡Ahora sí que no abro!

- ¡Hombre don José! No sea usted así.

- Pero si no soy así, como usted sabe qué soy, ¿para qué viene a verme?

- Eso también es verdad... Bueno, me voy... Yo era Padial...

- Espere un poco que voy a mirar por la mirilla.

- ¡Mirar por la mirilla, mirar por la mirilla...! ¡Qué tontería!

- Tiene usted razón, pero de todos modos voy a mirar.

- ¡Anda! Pero usted no es un pintor. Usted es un mosquetero.

- No, don José, yo soy un niño.

- Yo también soy un niño y por eso le abro.

- ¿Me tiene usted miedo? Yo también tengo siempre miedo, don José. Los artistas tenemos siempre miedo. Un miedo muy antiguo que no sabemos de dónde nos llega. Nosotros mismos somos el miedo. El miedo mismo... ¡Hala!, don José, perdone, que ya me voy... Era Padial.

- Espere, que le voy a abrir.

- No se moleste, a lo mejor le asusto.

- Yo también puedo asustarle a usted.

- Eso también es verdad.

 

(El otoño de mi Parque Pequeño tiembla también de miedo. Se estremece por la ventana un gris acompañante, se tropiezan una hojas con otras antes de caer. Se agarran mansamente unas a otras. Comprueban, contrastan, los últimos oros de su rostro caedizo y hermoso. Dentro de un rato a ese pintor le darán una rosa de verdad, o una rosa de mentira. ¿Sueña Segismundo? ¿O es verdad su sueño? Dime, Juan Ramón Jiménez, ¿esta es una rosa son todas las rosas? Y Padial me dará esa rosa, y yo se la llevaré a mí madre, la dejaré sobre mi muerta. Yo te doy una rosa a tí, que ha estado aquí viva en otras manos, y no sé si antes en otras, y en otras. Y Padial, aquel Padial, hace que todas las rosas, antes de llegar a la muerte, se entretengan con la belleza de otras flores y se desprendan como una catarata -él nos lo ha dicho- de otra luz trascendida y sobrenatural. Este es el precio, este es el derroche, estos son los talentos... ¿No eran una moneda? ¿Te acuerdas, Enríque Padial, de las Coplas de Jorge Manrique? "Los enriques y los reales del tesoro..." ¡Ahí estaba ya tu nombre! Y bien sabías tú, bien sabes tú, que todo ha de ser "verdura de las eras".


Pero, antes, un poco antes, que es un infinito, está el arte, está la poesía, están las artes todas, y hay unos seres privilegiados que son los destinados a apresarlas y entregárnoslas en un regalo que no nos merecemos, el tesoro de estos enriques que tenéis ante vuestros ojos en estas paredes. El loco, el niño, el pintor... era Padial. Y aquí está después de abrir mi puerta inútilmente blindada, y mi corazón inútilmente defendido. Si había que obedecer al mandato del clásico dintel:"Nadie entre sin saber geometría", nadie penetre en esta sala sin saber de ternura, de compasión, de belleza, de sensibilidad.


En estos tiempos en los que parecía que se había superado la dicotomía entre fondo y forma, porque en toda obra de arte verdadera hay una macla inseparable donde fondo y forma son una misma cosa, se han inventado otro divorcios artificiales como signifícante y significado, para tratar de establecer fe barreras imposibles. El fondo es la forma y ésta es aquél. Pero hay que mirar ya para siempre de otra manera. No puede un poema estar bien de forma y mal de fondo, ni al revés. No puede un cuadro, ante un poema, ante una sinfonía, el lector, el oyente, tiene que enajenarse, tiene que olvidarse de quién es para convertirse en receptor intenso y total. No olvidemos aquella estrofa de San Juan de la Cruz que servirá también a estos propósitos:

 

"Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado".


Hay que olvidar todo cuidado, y hasta algunos sentidos, y hasta alguna crítica, y hasta alguna ciencia, -eso sí, toda ciencia trascendiendo- como decía Fray Luis, para contemplar un cuadro con la debida disposición. Pero esto que debe ocurrir ante toda pintura, hay que observarlo de manera muy especia ante unos cuadros como los de Enrique Padial. Yo recomendaría dos visitas cuando menos. En la primera el gustador tendría que estar empapado del asunto. Porque Enrique Padial es un gran narrador. Entre el contar y el cantar machadianos nuestro pintor dice infinitas cosas visibles en su pintura, y hay que leerlas con detenimiento, porque están ahí para eso, para ser entendidas en sus portentosos simbolismos. Como a un niño que comienza a leer, los admiradores, los contempladores de su pintura, tienen que "leer"a Padial, tienen que aprender el riquísimo alfabeto de Padial. Ya con ese conocimiento que por otra parte es un código y por otra una aventura cósmica, el espectador que se ha convertido en visionario, está tranquilo, "cuando ya esté tranquilo ", decía Eugenio d'Ors... "Ven a verme mañana a las doce, cuando ya esté escrito", decía con humor César González Ruano. Pues bien, con ese conocimiento bien asimilado, estando "al cabo de la calle " de lo que esta pintura tiene de metafórico, de simbolista, el observador y lector de ella, debe hacer su segunda visita y convertirse en verdadero sentido de esto que aquí se nos ofrece. Y nadie piense que me contradigo. No se trata de volver a la peregrina distinción entre fondo y forma. Sólo trato de procurar, ante un pintor tan complejo y rico como Enrique Padial, que el gustador de su pintura tenga que interiorizar toda esta pintura hasta todos los límites que le permita su sensibilidad... Un regalo claro y esclarecedor es escuchar a Padial hablar de sus cuadros, regalo que como el jardín granadino está cerrado para los más... tímido y respetuoso -yo no acierto a entender por qué Enrique me tiene tanto respeto- en lo alto de sus explicaciones me decía: "aquí he querido expresar esto, y esto, y creo que he buscado, he intentado..., bueno ¡no sé!". Y en este "no sé " estaba nada más y nada menos que el problema de lo inefable en el arte. Decía Valéry comentando un poema de Mal/armé: "Me pareció ver la figura de un pensamiento por primera vez colocada en nuestro espacio". Esta novedad es la que encontramos en toda buena pintura: una figura, la propia figura, es un pensamiento colocado por primera vez en el espacio.


Si realidad e imaginación corren parejas en el mundo de Cela en ellas ha sabido entrar nuestro pintor bien pertrechado de talento y de sensibilidad. Yo he visto a Cela -y me lo conozco bien- de manera distinta contemplando la obra de Padial. Porque estas creaciones pictóricas, vengan de donde vengan, terminan en sí mismas. Pueden ser entes celísticos que asombran al propio Cela. Me he andado con Camilo muchas tierras y muchos pueblos de España; he conocido con él muchas gentes y muchos paisajes. El autor de La Familia de Pascual Duarte -yo se lo he dicho alguna vez- tiene la extraña fortuna de concitar en cada lugar por donde pasa a esos seres nuevos siempre, que parece pertenecen a su suntuosa familia literaria. Alguna vez he referido a Enrique Padial que en cierto pueblo de Castilla se hizo amigo inmediato del tonto del lugar. El coche estaba preparado para partir. El tonto desapareció inesperadamente. Y, de pronto, apareció corriendo por el polvo de la carretera. Traía en la mano dos peces atados con una cuerda que le ofreció entusiásticamente a su reciente y ya viejo amigo. Increíble, pero verdadero. Y yo sé que a Enrique Padial le pasa tres cuartas de lo mismo con estos tiernos seres a los que llama "sus gentecillas".


Increíbles pero verídicos son estos personajes de Padial, en la mejor tradición de nuestra literatura y de nuestro arte. Pillos de nuestra picaresca, tontos de los pueblos serranos, uno en cada uno, tontos, libres y clasificados, curanderos y lisiados, locos de los arrabales de Toledo, que el Greco convirtió en apóstoles guitarreros, tamborileros de Padial, agitadores enloquecidos del almirez y la zambomba y la partida de naipes en el convento con el crucifijo y la botella, y Don Francisquito con su cetro, y sus manoplas y sus condecoraciones, y el buhonero con su bastón y en el bastón la campana, y el andarín, no de su órbita juanramoniana, de su cencerro y su descalcez, y el descalzo de un pie que es estar más descalzo todavía... Y borlas, mitras, llagas y preseas. Y la tristeza y el miedo. Y la tremenda entidad de la muerte, y la sangre y el seno asombrado de dolor. Y, fuera máscaras.
Y el hombre verdadero detrás. "¡Un hombre, qué miedo!", escribí yo alguna vez. Y Pondo, el socarrón, que te empuja con la joroba para entrar en su taberna. Y el torero y sus cabales, y Padial en el espejo como Velázquez. Y ese Cristo, ese Cristo, Dios mío, agujereado, traspasado; no muriendo, deshaciéndose; acaso más terrible que el Crucificado de Grünewal, en el retablo de Isenheim, pintado para los leprosos...


Y, de pronto, esos paisajes, esas flores, vertebradas, humanizadas. Como en nuestro Cancionero: "Esta flor se lleva la flor que las otras no". Cascadas de flores, cataratas de flores. Y el agua abajo, silenciosa, adoncellada, atribulada, escondida. Y esas dalias; compuestas como un soneto. Eso os decía: medid su gracia y su euritmia; comprobarla simetría de sus versos, y olvidaos después. Pero ese olvido de la forma magistral de un soneto de Quevedo, es lo que hay que tener presente al leerlo; la procesión, la sucesión, van por dentro. De nuevo Valéry: "Me sentía entregado a la diversidad de mis impresiones, embargado por la novedad del aspecto, todo dividido en dudas, todo conmovido por desarrollos próximos".
Dentro de poco tendremos que partir. Os iréis y "se quedarán los pájaros cantando ", como diría Juan Ramón. Me equivoco: "se quedarán los cuadros de Padial gritando ":


- Enrique, estamos solos.

- Pepe, ¿tienes miedo?

- Sí, Enrique; tengo un poco de miedo. ¿ Ves por qué no quería abrirte cuando llamaste a mi puerta?

- Pero hay que pasar miedo. El mundo está hecho para el miedo, y para el amor y para la muerte.

- Y para que tú nos lo digas, para que tú nos lo grites con un pincel dramático y silencioso.

(Llaman a la puerta de mi casa. Ahora no estoy solo, y alguien sale a abrir. Y pregunto: "¿Quién era?"... "Nadie, ya no hay nadie"; era Enrique Padial).

JOSÉ GARCÍA NIETO

De la Real Academia Española